El que tú alimentas



La mente humana es capaz de prodigios que nos conmueven: Macchu Picchu, grandes obras literarias, el cine, la música, la poesía, internet o llegar a la luna. Con la misma intensidad y alcance, es capaz de atrocidades como la destrucción del planeta, el exterminio de los enemigos, la tortura. En una escala menor, todos tenemos la experiencia de ser elevados o suavizados por palabras de aliento, cariño o perdón. Del mismo modo, hay palabras cargadas de odio, desilusión o desdén de las cuales aún no nos recuperamos. Las palabras pueden ser más duras que una piedra, y las heridas que nos producen, de recuperación mucho más lenta que un hueso quebrado. Un “no”, como posibilidad, un “te odio”, como expresión de sentimientos, o juicios como “eres mala”, “torpe”, o “tonto”, pueden determinar el curso de nuestras vidas.


Este poder no solo aplica a las palabras que nos dicen, sino también a las que nos decimos o pensamos. En una vieja historia de los indígenas norteamericanos, un abuelo conversa con su nieto. El abuelo le relata que en nuestro interior se bate una lucha feroz entre dos lobos. Un lobo se alimenta de nuestros miedos, rabias, culpas, ansiedades y mezquindades. El otro, de nuestra generosidad, del amor, del entusiasmo, del perdón, de la aceptación. El niño escucha atento y reflexivo. Cuando el abuelo termina el relato, el niño se queda en silencio unos instantes y luego le pregunta, ¿Y cuál lobo gana?, y el abuelo le responde, el que tu alimentes. Si nuestra mente está alimentada de “lo bueno” nuestra vida está bien, lo pasamos mejor, y nos adaptamos a las dificultades. De lo contrario, si nos dejamos llevar por pensamientos que nos duelen, nos debilitamos, rigidizamos, y lo pasamos mal.


Puedo pasarme el día, por ejemplo, atento a las malas noticias, al temor que tengo a perder mi trabajo, o al terror de dejar de ser querido, lo que activa mi sistema de amenaza, reduce mi capacidad de conectarme con otros, de ser creativo/a, y debilita mi sistema inmune. El temor a enfermarse, o el temor a perder el trabajo, paradójicamente, puede hacer que me enferme o termine efectivamente perdiendo el trabajo. La vida no solo se trata de aquello a que le ponemos atención allá afuera, sino que también, y mucho más intensamente, aquí adentro.


Es, por lo tanto, un asunto muy serio qué pensamientos permitimos que habiten nuestra mente, qué narrativas usamos para explicar lo que sucede, y qué decimos (y nos decimos), particularmente en tiempos de volatilidad y vulnerabilidad.

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