Escuchar para aliviar



Cuando a una planta de nuestro jardín o balcón se le ponen las hojas amarillas o arrugadas, revisamos si tiene suficiente agua, tierra en la maceta, espacio para crecer, y si le llega demasiado o muy poco sol. Queremos saber por qué está mustia y nos preocupamos de darle lo que necesita. Sabemos que el color y textura de la hoja no es el problema, sino el síntoma. Nos parecería absurdo plancharla y luego pintarla con un óleo verde brillante.


Sin embargo, no hacemos esto con nuestras emociones. Cuando nos sentimos mal, hacemos lo posible por sentirnos bien. Para lograrlo, nos distraemos viendo una película o serie, llamando a algún amigo, mirando nuestras redes sociales, o navegando sin rumbo por internet investigando acerca de nuestra próxima compra. Otras veces simplemente reprimimos nuestras emociones, o intentamos ahogarlas en alcohol o con pastillas. Nos consideraremos exitosos en la gestión cuando logramos reemplazar un estado emocional incómodo por uno placentero. Y a veces triunfamos. Podemos cambiar nuestro estado de ánimo por un instante, pero esta estrategia es tan exitosa en el mediano y largo plazo como planchar la hoja arrugada de nuestra planta y cubrir su color amarillo con un óleo verde brillante.


Las emociones son el lenguaje de nuestra alma, huéspedes que llegan a nuestra casa cada mañana, y “cada uno ha sido enviado como un mensajero del más allá”, como decía Rumi, el poeta y maestro Sufí, hace ya más de setecientos años. Es a través de las emociones que nos enteramos si tenemos suficiente agua o espacio en nuestras macetas, o si nos falta o sobra luz del sol. Si me siento bien, es porque mis necesidades están satisfechas. Si me siento mal, es porque me falta algo. Tratar de apagar o maquillar las señales es equivalente a “matar al mensajero”: puedo adormecer el dolor, pero la necesidad sigue insatisfecha.


Las necesidades de nuestra mente/alma/psiquis son diversas. Y si nuestras necesidades no están satisfechas, nos enfermamos. Necesitamos amor, reconocimiento, pertenencia, libertad, confianza, un propósito, verdad, armonía, paz, y seguridad tanto como necesitamos aire, nutrientes y agua. Cada vez que tenemos un dolor o alegría, esa emoción nos está informando que eso es o no es lo que necesitamos para sobrevivir y prosperar. Entonces, la próxima vez que te enfrentes a un dolor, en vez de rápidamente intentar deshacerte de él, resistir, por qué no quizás detenerte unos instantes, permitir que la emoción surja y preguntarte ¿Qué necesito?

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